
Tengo muy fresco en mi memoria el recuerdo de aquella tarde de viernes infortunado, con los horribles gomycuer pisando el andén de conchillas de la estación de trenes de Berazategui.
Habíamos llegado a los apuros con mi madre para no perderle tren. Como todos los viernes de aquella época era una ceremonia impostergable ir a visitar a la abuela Josefina en el barrio de Boedo. Desde el mediodía, había molestado demasiado a mi mamá para que me comprase figuritas, ya que el rumor decía que en pocos días terminaba el plazo para llenar el álbum y sólo me faltaba la difícil: Punturero, un jugador de Atlanta.
Nunca había estado tan cerca del final y la gloria y sí cumplía con las 277estampas obtendría una pelota de cuero número 5 y el premio iba a rebotar incandescente sacudido por los sacachispas en la lagunita, el potrero del barrio, una especie de monumental de Nuñez instalado en la 16 y 35, hoy convertido en una manzana más de una ciudad que intenta, porque Berazategui es eso: un intento al que me separé alguna vez sin darme cuenta para buscar otros intentos, no sé si mejores o peores, pero intentos al fin.
Ganar una pelota llenando un álbum, por aquellos tiempos, era una especie de premio Nobel barrial y además iba a concederme la oportunidad que todos los pibes me idolatraran como un héroe signado por la buena suerte y el azar.
Vivíamos a unas cuadras de la estación, en todo el trayecto no hubo quiosco que tuviese figuritas, salvo en el último. El quiosco del simpático –apodo que se le atribuía al dueño por su poca o casi nada de simpatía con la gente- pero este hombre de ceño fruncido y pocas alegrías a la vista, depositó en mis manos un par de sobrecitos que yo guardé en el bolsillo del fard west. Seguro que en el transcurso de mi vida nunca me iba a acordar de él, pero por esas cosas extrañas hoy me viene a la memoria, con su rostro de infatigable amargo y tan poco o casi nada gentil.
Al llegar a la estación comencé el delicado ritual de abrir los sobres. Sólo recuerdo que el tren se acercaba y mientras tanto, el rostro de Punturero asomaba como un reptil amenazante en una nueva aurora con su piel azul y amarillo explotando en mi alma como un saludo de otros mundos…
Muchas cosas soñé aquella noche, la ansiedad demolía los minutos pero el final ya era un designio marcado: el plazo para llenar el álbum había concluido y ahora la difícil era una ausencia perceptible, una especie de derrota codificada, una angustia que no había buscado pero que ahora nos cruzábamos en la vida, un tango de domingo con Karadajían dejando su último golpe frente al oso Bongo. En sí, era la nada petrificada en mis ilusiones.
La Nº 5 igual llegó al poco tiempo de la mano de mi tío Luis que era canchero de Centro Español. Me la regaló y la redonda hizo de las suyas en la lagunita y yo pasé por esos potreros como uno más entre todos, tal vez con algún festejado hasta el final de un sábado cuando le ganamos 2 a 1 al equipo del otro lado de la vía.
De la vida futbolística de Punturero me enteré los otros días y tal vez me removió la memoria y escribí estas líneas. Su vida fue más que una difícil: de Atlanta pasó a Chacarita y un 6 de julio de 1969 formó parte del equipo que en cancha de Racing derrotó 4 a 1 a River Plate y se quedó con el campeonato.
Hoy tener una Nº 5 no es nada difícil y tener una difícil no existe. Juntar figuritas no tiene la sensación de aquellos tiempos: se cambió el engrudo por los stikers y ya no hay revueltas en las esquinas cuando la tapadita y el puchero hacían estragos a la hora de la siesta.
Atlanta dejó de ser un equipo de primera y hoy es sólo de la B. Yo intento recuperar como Atlanta, aquellos espacios que el tiempo borró. Pero no importa, mi hijo Tomás intentará llenar otros álbumes y mi abuela ya no está para ir a visitarla a Boedo. Sólo espero que Punturero haya tenido un final mucho más feliz que mi intento. No obstante, sé que tengo muchos intentos más, como el vientote marzo, como la lluvia. Muchas ganas que la difícil desembarque alguna vez en el álbum de la vida.
